Historia

Plata quemada

Tras la exitosa pretemporada en Estados Unidos varias voces se alzaron para cuestionar la falta de incorporaciones para el segundo semestre. Un apasionante informe histórico repasa aquellos refuerzos que en pocos partidos fueron rechazados por el hincha millonario. ¿Tiene sentido incorporar por incorporar? ¿Por qué se eligió tan mal?

Por Adrián Dalmasso 

Depende desde donde se lo mire. Pueden ser malos negocios o malas decisiones. Lo cierto es que por River han pasado jugadores que generaron muchas expectativa y en pocos partidos, se convirtieron en blanco de las principales críticas de los plateístas. Aquí están, estos son…

 Alberto García Aspe

Está comprobado que a mediados de los 90, tres personas vivieron en Buenos Aires a cuerpo de Rey: Alfredo Yabrán, Amalia Lacroze y Alberto García Aspe. Televisa mexicana quería explotar el mercado argentino y vio en River la opción más potable. Propuso acercar a uno de los mejores futbolistas aztecas de aquel momento a cuenta de una jugosa inversión. Lo cierto es que por seis meses, el Beto se movió por Baires como un duque, cobrando un contrato superior al de Francescoli y con un rédito deportivo al que calificarlo de paupérrimo es absolutamente generoso. Cuatro partidos jugados sin el más mínimo compromiso y una sola pregunta sin responder: ¿cómo se dice “ladri” en México?

Roberto Matosas

Liberti tenía esas cosas. Cuando a principios de 1964 River anunció una inversión de 33 millones de pesos en la compra de un jugador, el hincha común habrá supuesto que a Núñez llegaba por lo menos Pelé. Pero no, tal dineral fue gastado para traer un defensor uruguayo llamado Roberto Matosas, imagínense el revuelo. Matosas era un muy buen jugador. Puntal de tantos intentos vanos de campeonar en esa década maldita, sobrio, versátil, atildado, rendidor, pero carecía tal vez del fuego sagrado distintivo de la estirpe charrúa. Amortizó su inversión jugando más de 100 partidos en cuatro años, pero vamos, cuando se gasta tamaña cifra, uno espera champagne del mejor y no apenas un vino decente.

Mauro Rosales

No hay peor cosa que un hombre encaprichado. Por esos años, el capricho de Passarella tenía nombre y apellido: Mauro Rosales. Costó 1.800.000 euros la joda de comprar parte de su pase al Ajax de Holanda. Arribó con chapa de crack, algo que se encargó de desmentir largo y tendido durante tres años cargados de lesiones, goles errados y centros a la tribuna. Jamás pareció importarle demasiado. Hoy juega en el Seattle Sounders de la MLS. Será mejor así. “La dirigencia sabe que nos falta un delantero de la jerarquía de Mauro”, dijo Passarella. Por “visiones” como esta, estamos como estamos.

“Por River han pasado jugadores que generaron muchas expectativa y en pocos partidos, se convirtieron en blanco de las principales críticas”.

 Juan Antonio Pizzi

A fines de los noventa, la vara de la exigencia del hincha estaba más elevada que lo normal, y la de las pretensiones económicas de los jugadores, también. Para reemplazar las ventas de Salas, Cruz, más el reciente retiro de Enzo, River apostó fuerte en un fichaje llamativo. Juan Antonio Pizzi, aquel de tantos goles en Tenerife, Valencia y Barcelona, y el de la polémica decisión de vestir la camiseta española. Su amplia experiencia europea y su indiscutible calidad de goleador generaron una expectativa incumplida con creces. Pizzi llegó a un equipo que comenzaba a desmembrarse tras una larga borrachera de éxitos, jugó un año con 11 goles en 33 partidos. No son malos números, salvo que se tenga en cuenta el millón y medio de dólares que costó su fichaje.

 Luis Ernesto Castro

Un detalle simpático sobresale en la figura de este oriental pese a sus logros y su gran calidad: no veía un pomo. El mito dice que su miopía era tal que se guiaba en la cancha por la banda lateral y que los adversarios que eliminaba con gracia, para él sólo eran bultos borrosos que estorbaban. A Castro le decían Mandrake. Llegó a los 29 años desde Nacional junto a Walter Gómez luego de que Liberti hipotecara en ellos una guita importante destinada originalmente, a comprar un terreno para el Club. Era wing derecho y soñaban con que herede a Muñóz. Tenía desborde, dribbling, centro, dominio de perfiles. Pero no cuajó, y tras 19 partidos y 4 goles, volvió al paisito sin que nadie derrame por él una lágrima.

Kilian Virviescas 

Entre el 20 y el 27 de mayo de 2003, River enfrentó a América de Cali por los cuartos de final de la Copa Libertadores. Los caleños clasificaron con un global de 5-3. Una figura sobresalió del resto. Kilian Virviescas, un ignoto lateral que en esa serie pareció la reencarnación del mejor Roberto Carlos. Nunca tan rápidos, sus representantes viajaron a Núñez con el negocio en manos: 600.000 verdes por el préstamo más una opción de compra fijada en un millón y medio. No hizo falta. En Argentina, Virviescas mostró lo que realmente era. En sus 11 partidos con la banda roja no paró ni al taxi, y si pasó la mitad de la cancha en proyección, sólo fue para tirar un centrito a las manos del arquero. Lo que se dice un buzón.

Marcelo Sosa

Tal vez nunca Marcelo Sosa (el pato Sosa) haya jugado en River. Se lo reconocía por su larga cabellera rubia, por su estampa batalladora en el centro del campo, por su tendencia al roce y el sacrificio a flor de piel, por sus experiencias en Danubio, Spartak de Moscú, Atlético de Madrid, Osasuna y la Selección Uruguaya. A pedido de Passarella, el tipo que llegó a River diciendo que era Marcelo Sosa era un morrudito de 33 años, cabello corto morocho, falto de forma y de distancia. Alcanzó a jugar un par de partidos por Copa Sudamericana hasta que la dirigencia, los hinchas, el cuerpo técnico, y hasta él, se dieron cuenta que no daba para más.

Victorio Cocco 

Podría decirse que Victorio Cocco fue contratado para reemplazar a Dios, que eso era más o menos el Beto Alonso para River a mediados del 76. Pobre Cocco, tarea imposible, ya que nada más (y nada menos) era un muy buen jugador. Tenía 30 años, una carrera reconocida en San Lorenzo y venía de España donde jugó para el Deportivo La Coruña. Era un espléndido estratega, pero no rompía los moldes, tal vez por eso no encajó. Actuó 12 partidos y apenas hizo un gol, a San Telmo en el Monumental. Jugó la famosa final en cancha de Racing. Fue su último partido antes de fichar por Atlanta.

Juan Carlos Heredia

Milonguita fue un crack en España. Pasó Central, Porto, Elche y Barcelona donde fue referente y figura. Había iniciado su carrera en Belgrano de Córdoba, donde Labruna lo sufrió en carne propia en sus duelos ante Talleres. En 1980 llegó para jerarquizar aún más a un plantel que, no obstante, ya mostraba síntomas de aburguesamiento. No rindió para nada. Las pocas oportunidades dentro de una competencia interna exigente, su gusto por la farra, o vaya a saber qué, impidieron que en Núñez luzca su habilidad y potencia. Hoy cuentan que deambula por la ciudad de Córdoba en un taxi, lejos de la gloria que supo obtener, pero no cuidar.

Alfredo Rojas

Antes de que el Tanque se convierta en un fiero verdugo millonario, tuvo un paso olvidable con la propia banda roja. Venía de una breve experiencia europea en el Betis de España donde había marchado en 1958 empujado por la fuerza de sus goles en Lanús. Su llegada se dio en una época particular en la historia de River Plate: la era del fútbol espectáculo, años donde todo lo nacional era mirado con recelo tras el fracaso del mundial de Suecia. Alfredo Rojas comió banco la mayor parte de su estadía en Núñez.

Sebastián Rambert

El Rambert que llegó a River fue sólo la cáscara del que amenazó ser y no cumplió. Aquel avioncito goleador de Independiente que se mostraba como una joven gran promesa, ya le había dejado paso en Europa a una nueva versión más híbrida, más escuálida, menos talentosa, menos explosiva. Un River de arcas generosas pagó unos descarados 3.800.000 dólares por alguien que jamás fue titular en sus tres años de permanencia en el club. Aportó algún golcito, alguna gambetita y no mucho más. Poco, para alguien que sin comerla ni beberla sumó tres vueltas olímpicas para su palmarés.

Carlos Bernabé Moyano

Pocos tipos en la historia del fútbol argentino tuvieron el orgullo de decir: “Yo mandé al banco al Charro Moreno”. Uno de ellos fue Carlos Bernabé Moyano, llegado a River en 1935 de la fusión Atlanta/ Argentinos Jrs. River pagó por él 5.000 pesos y los pases de Clotardo Dendi, Federico Tello, Vicente Ruscitti y Roberto Basílico. Jugó las primeras fechas en detrimento de Moreno (que había debutado en la jornada inicial) enviado a la reserva. La verdad no tardó en imponerse y a Moyano lo pasó por encima el tornado de fútbol y personalidad que aún en su adolescencia ya ostentaba el Charro. Alcanzó a jugar 14 partidos con cuatro goles. A fin de año fue cedido a Platense.

*Informe publicado en el #42 de Revista 1986. Esta edición de colección se consigue en la #Tienda1986. Hace click acá.

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