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La furia del Oso

Desde los barrios bajos de La Plata, siempre con la humildad como bandera, Lucas Pratto se labró un nombre entre los grandes hombres del fútbol argentino en las últimas décadas. La historia detrás de la compra más cara de la historia millonaria.

Por Tomás Torres

“No es muy de salir en las cámaras. Eso no le gusta porque es muy reservado”, dicen y repiten. Lo remarcan todos, porque es sin dudas la característica que lo distingue. Incluso con sus más cercanos, con los que compartieron planteles y etapas decisivas de su carrera y de su vida, la discreción fue siempre su carta de presentación. En el barrio humilde de Los Hornos, La Plata, comenzó Lucas Pratto a forjar esa personalidad que lo llevaría con altos y bajos hasta convertirse en el traspaso más caro de la historia de River Plate. Quizás ni siquiera lo soñaba, cuando de pibe compraba sus botines en una zapatería donde le hacían unos Nike truchos por la tercera parte de lo que costaban unos originales.

En Gimnasia de Los Hornos fue que nació su pasión por el fútbol y luego, tras ser rechazado en un grande de la ciudad como Estudiantes, trasladó los goles y sueños en Cambaceres de Ensenada, a una hora de viaje de su casa. De los entrenamientos llegaba agotado por las noches, para la hora de la cena, y mentía cuando su vieja le preguntaba por los deberes de la escuela. Sólo quería comer y dormir. Esa época de su vida, durante la infancia y la adolescencia, estuvo marcada por la ausencia de su padre, que luego de la separación de su madre se borró de todos los mapas. Se fue y nunca más volvió. Este vacío lo llenó la figura de su hermano, Leandro, que ocupó para Lucas ese rol paterno tan necesario.

Atravesado por una precaria situación económica, Lucas fue construyendo una cabeza que sería determinante para lo que luego ejecutó dentro de las canchas: “A los 14 años, cuando tenía edad de Séptima –cuenta Alejo Santa María, su entrenador en Cambaceres– lo promovimos dos categorías más arriba, porque ya se veía un perfil de jugador técnicamente muy bien dotado y de mucha potencia, con un gran olfato goleador”.

“A los 14 años, cuando tenía edad de Séptima lo promovimos dos categorías más arriba, porque ya se veía un perfil de jugador técnicamente muy bien dotado y de mucha potencia, con un gran olfato goleador”. (Alejo Santa María, su entrenador en Cambaceres)

Ya de pibe comenzó a trabajar, primero repartiendo volantes y después, en el peor laburo que recuerda, como seguridad en un boliche. Su físico era notable cuando apenas tenía 16 años. Fue en alguna de las tardes de aquel año que un entrenador lo presentó con Gabriel Palermo, el hermano de un tal Martín. Gracias a él fue que llegó hasta el club de la ribera y comenzó a descollar en la Reserva. Algunos hablaban del sucesor del goleador bostero, pero la realidad fue distinta. En busca de sumar sus primeros minutos en Primera, se mudó a Tigre por una temporada, donde se afianzó como titular en sus últimos partidos y anotó un gol.

NORUEGA, LA PRIMERA EXPERIENCIA INTERNACIONAL

De vuelta en la casa de los primos y sin lugar en el primer equipo, una oferta europea llegó hasta su puerta: el Lyn Oslo de la capital noruega apostó por el potencial del grandote juvenil. El Oso se iba para la nieve. Con más dudas que certezas, sin saber una palabra de noruego, pero con la ilusión de poder algún día comprarle una casa a la vieja y asegurarle una buena vida, Lucas cruzó el océano Atlántico. Allá lo esperaba en su mismo equipo un uruguayo, Diego Guastavino, que desde hacía un año vestía la camiseta roja, blanca y azul del equipo de la primera división, la Tippeligaen.

En el particular país nórdico, donde los inviernos son largos y la temperatura promedio es de menos 5 grados centígrados durante esa estación, Pratto se destacó por anotar siete goles en un año y por casi provocar una masacre al estacionar su auto en la inclinada calle de su casa… con el freno de mano roto. Junto al hermano charrúa, cuando no entrenaban se mantenían recluidos en la casa (y cama) que compartían, un poco por la vergüenza de no poder comunicarse más que con un inglés pobrísimo, y otro tanto porque era el único lugar en el que se sentían un poco más cerca de casa. Entre ellos se recomendaban bandas de rock, jugaban a la playstation y, entrada la madrugada, prendían la tele para ver si enganchaban algún partido de Copa Libertadores. “Veíamos todos los que podíamos. Recuerdo que él siempre comentaba la ilusión que tenía de jugar en un grande de Argentina”, cuenta Diego, a más de una década de aquella aventura.

La contextura física del delantero ya era una marca registrada y, a pesar de que le habían pedido ponerse un poquito más en forma, su dieta no estaba dentro de los estándares recomendados. “Yo cocinaba y comíamos equilibrado, pero cuando se quedaba solo cocinaba a su manera: hamburguesas y todas esas cosas –relata Diego con una risa inevitable–. ¡Ni tomaba agua! Sólo pepsi. Era chico, estaba solo y era difícil para él”.

UNIÓN Y CATÓLICA: SER PROTAGONISTA

Luego de la travesía nórdica, otra vez lo esperaban en Casa Amarilla. En esa segunda mitad del 2009, Pratto se cansó de hacer goles en la Reserva y el 5 de diciembre debutó con esa camiseta en Primera, pero apenas acumuló poco más de 30 minutos en dos partidos. Otra vez sin lugar, con la figura intachable de Palermo por encima, el entrenador de la Reserva, Oscar Regenhardt, lo recomendó a un viejo amigo en Unión de Santa Fe, el entrenador Fernando Alí. “En principio lo había traído como una alternativa, para tenerlo en el banco, pero se fue ganando la confianza del cuerpo técnico y de los compañeros, con una capacidad de superación tremenda. Así terminó siendo titular y una pieza fundamental de aquel equipo”, explica Alí. Bajo su tutela, el delantero comenzó a mejorar la postura de su correr un tanto “desgarbado” y, aunque ahora parezca extraño, se destacó también como una suerte de wing: “Se movía muy bien por todo el frente de ataque y resolvió un montón de partidos haciendo el gasto por la banda, desbordando y asistiendo a compañeros”.

Fue ahí que el goleador empezó a encontrarle otras alternativas su juego: ganó movilidad, destreza y la confianza necesaria para que un grande de Chile como la Universidad Católica se fijara en él.

“Lo había traído como una alternativa, para tenerlo en el banco, pero se fue ganando la confianza del cuerpo técnico y de los compañeros, con una capacidad de superación tremenda”. (Fernando Alí, su técnico en Unión de Santa Fe) 

La llegada al fútbol chileno fue el punto de inflexión en la carrera de un futbolista que todavía no terminaba de demostrar su verdadero potencial. Bajo las órdenes de Juan Antonio Pizzi, que en su época de futbolista jugó en el ataque de Barcelona, River y la selección española, fue que Pratto agregó a su repertorio la cuota necesaria de disciplina y técnica que le faltaba para dar el salto final. La primera orden que recibió ahí, con todo su pesar, fue la de bajar cinco kilos; y la segunda, una consecuencia directa de su puesta a punto, fue que lo quería usar más retrasado, fuera del área y con más participación en la construcción del juego.

Así tímido y reservado como era, encontró en otro argentino y compañero de equipo, Juan Eluchans, un refugio con reminiscencias noruegas. Compartieron desde la primera hasta la última de las concentraciones, en las que se pasaban mirando películas cuando no sonaban Los Redondos, Divididos o No te va gustar en los parlantes del delantero. Fuera de los compromisos, en los pocos días libres que tenían, la pareja argentina aprovechaba para ir a comer sushi: de la hamburguesa al salmón; la sofisticación de la dieta era evidente.

Los resultados del estricto régimen se plasmaron en la cancha con inmediatez: “Lo veías y no parecía rápido, pero con la potencia que tenía era muy difícil pararlo. Te llevaba a la rastra, era impresionante”. En poco tiempo, el Oso se convirtió en un jugador indispensable para el esquema de Pizzi, tanto que el nacimiento de su hija, Pía, casi genera un cortocircuito: el entrenador le había prometido que lo dejaría ir a Buenos Aires, pero un compromiso de copa le cambió el parecer. “Él no era de discutir, era respetuoso, pero siempre muy enérgico. Cuando nació su hija él hizo lo que le demandaba el corazón, que era ir a verla”, detalla Juan Eluchans y luego remarca que, al final, la ausencia, durante la cual la U perdió un partido de Libertadores, no pasó a mayores: “Con Juan Antonio los veía muy parecidos. Fue un momento de tensión, pero después se tomaron mucho aprecio y él fue uno de los entrenadores que más lo marcó en su carrera”.

En aquel torneo largo especial por el Bicentenario del nacimiento del país, la U. Católica le remontó 11 puntos a Colo-Colo a falta de 7 partidos y, en la última fecha, consiguió el título: “Él buscó otros aires hasta que halló su lugar –reflexiona Eluchans–. Tuvo que irse del país, volver y después llegar a Chile. Creo que en la Católica encontró su mejor rendimiento. Ahí contó con la confianza de afuera: del técnico, de sus compañeros y de la gente. La confianza propia él siempre la había tenido, pero ése fue un combo que lo explotó al máximo. Después, como todos sabemos, no paró…”.

Y no, no paró. Luego del título y de una histórica participación en la Libertadores, en la que ganaron su grupo y llegaron a cuartos de final, Pratto cautivó a uno de los más importantes de Argentina. Le había clavado dos goles en un partido de esa copa, uno que dieron vuelta 4-3 en Liniers. A Christian Bassedas, mánager de Vélez, le llamó la atención aquel grandote y goleador, que además usaba la camiseta número dos: “Desde ese partido me quedó el ojo sobre él y seguí su carrera. De Chile se fue al Genoa de Italia, donde tenía poca continuidad, y en 2012 pudimos hablar con su representante para incorporarlo”.

LA CONFIRMACIÓN DEL CRACK

Si la Católica había sido el quiebre en su rendimiento, Vélez significó su consolidación definitiva. El portento físico, ya acompañado por una calidad técnica que sumaba a la creatividad del juego, fue la clave del equipo que ganó el Torneo Inicial 2012, la Superfinal y la Supercopa Argentina. “Uno esperaba lo que percibía que era –dice Bassedas–, pero dio mucho más, sin ninguna duda, que las expectativas que tenía. Lucas es muy querido en el club; no sé si ídolo, eso se lo dejo a los hinchas, pero para mí lo fue en esa época, por los títulos y por su importancia en ellos”. Fue durante esos años, entre 2012 y 2014, que River hizo su primer acercamiento al goleador, ofreciendo alrededor de cinco millones de dólares brutos. Pero el problema no era la plata, sino la competencia. Vélez, que no quería reforzar a sus rivales, lo retuvo y luego lo vendió, por casi el mismo valor ofrecido por el Millonario, al Atlético Mineiro de Brasil.

Uno esperaba lo que percibía que era, pero dio mucho más, sin ninguna duda, que las expectativas que tenía. Lucas es muy querido en el club”. (Christian Bassedas, exmánager de Vélez)

La historia que siguió es bien conocida. Con sus firmes pasos por Mineiro y luego en San Pablo ratificó un crecimiento que había comenzado a forjar en sus primeros partidos en Tigre y luego en la nieve europea. Con la llegada de Edgardo Bauza a la Selección Argentina, que lo había dirigido en San Pablo, también le llegó su posibilidad de vestir la camiseta nacional, donde hizo dos goles en seis partidos de las Eliminatorias para Rusia 2018.

LA COPA, SU MÁXIMO ANHELO

A finales de 2017, aquella novela iniciada en 2014 tuvo la segunda temporada. River, necesitado de un delantero que le garantizara goles y juego, volvió a la carga en un mercado inflado por las grandes billeteras del Viejo Continente. Los cinco palos de hacía cuatro años se quedaron chiquititos ante los 13 millones de dólares que el Millonario le desembolsó al club carioca, en lo que fue la transacción más importante de nuestra historia.

La concreción de aquel sueño que le había confiado a su compañero uruguayo, en una habitación fría y remota de Noruega: jugar la Copa Libertadores con la camiseta de un grande de Argentina. Un grande de verdad.

De vuelta en el país, con 29 años y cerca de su hija de siete, con quien intenta hacer todo lo que le faltó de chico ante la ausencia de su padre, Lucas asume el mayor compromiso de su carrera profesional, que también es la concreción de aquel sueño que le había confiado a su compañero uruguayo, en una habitación fría y remota de Noruega: jugar la Copa Libertadores con la camiseta de un grande de Argentina. Un grande de verdad.

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– La furia del Oso #69

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