medioNota de tapa

Todos somos Carlitos

Con la eliminación de Colombia de la Copa del Mundo, todos los hinchas de River volcaron sus preferencias por el Uruguay de Carlitos Sanchez. Una crónica imperdible repasa la historia del niño que "gritaba los goles en el campito como el Matador Salas".

Por Germán Balcarce (@GermanBalcarce)

Ilustración: Sebastián Domenech (@domenechs)

Tal vez está en un cajón olvidado. Quizás se perdió en una de las tantas mudanzas que tuvo. Quién sabe. Lo cierto es que la camiseta de River modelo 1994, aquella que tenía la publicidad de Sanyo, fue muy querida por Andrés Sánchez. O Carlos -su primer nombre-, como lo conocen acá, más allá de ser “Pato” o simplemente, Andrés del otro lado del Río de La Plata. Ese diseño del manto sagrado fue utilizado por el jugador charrúa cuando en el año 2002 se probó en las canchas del Colegio Pío para la Cuarta de Liverpool, de Uruguay. Luego de pedalear en bicicleta para probarse sin éxito en diferentes clubes, Carlos Iglesias fue el responsable de llevarlo al equipo de camiseta negra y azul, cuya distribución es similar a la del Inter de Milán. A Iglesias lo conoció en Alianza, una fusión que surgió cuando se fundió Salus FC, un conjunto humilde que dejó de jugar profesionalmente. Antes, durante su infancia, hizo Baby fútbol desde los seis años en Nuevo Juventud, el club de barrio La Teja. Después, hasta los 14, estuvo en Carlos Prado. En ambos compartió varias experiencias con Sebastián, su hermano mayor inmediato, de quien heredó el apodo. Primero fue “Patito” y una vez que Sebastián dejó de probar suerte en el fútbol, pasó a ser “Pato”. Aunque en Núñez no lo conocen así, sino que desde hace un tiempo, gracias a sus buenas actuaciones, pasó a ganarse el tributo más deseado: “Uuuruguayooo, uuuruguayooo”.La humildad, ante todo. Para que Sánchez alcanzara su consolidación definitiva en un gigante como River, tuvo que sortear distintos obstáculos. Independientemente de la parte profesional, tuvo una niñez difícil. La alimentación no fue fácil en un hogar que compartió con nueve hermanos, sin la presencia de su padre, separado de la madre, que trabajó como empleada doméstica para darles lo mejor posible a sus hijos. El fútbol fue cable a tierra para el “Pato”. Pasaba horas detrás de un balón. Disfrutaba de esa manera, a falta de juguetes. “Mis tíos jugaron profesionalmente y siempre los iba a ver. Tenía una pasión por la pelota, siempre iba a jugar”, le cuenta a Revista 1986, lejos del inseparable mate, simplemente, porque ocurrió al cabo de una comida. Ese inicio muy humilde le da el equilibrio necesario a Sánchez para evitar que las mieles del éxito deportivo y, lógicamente, económico no le nublen las ideas. Esposo de Selene y padre de Máximo y Juanma -en septiembre está previsto el nacimiento de su hija-, cuyos nombres lleva tatuados en los brazos, les inculca a sus pequeños la importancia de un buen pasar: “Trato de que mis hijos valoren las cosas”.

“Yo en el campito festejaba los goles como Salas”.

El Liverpool sudamericano. No es la cuna de Los Beatles. Tampoco está en Inglaterra. Ni siquiera es un conjunto grande. Sin embargo, para Sánchez el Liverpool uruguayo es más importante que el reconocido mundialmente. De hecho, piensa retirarse allí. “Para mí, significa mucho. Es el club que me hizo debutar en Primera y que me abrió las puertas cuando lo necesitaba porque no tenía equipo. Me aceptaron, me abrieron la puerta para que jugara en Inferiores y me mantuvieron en Primera. Liverpool me dio todo para llegar”, explica. Incluso, el menor de sus hermanos, Nicolás, se desempeña en la Cuarta. Una muestra de lo que representa esta humilde entidad para el volante de River. Su estreno -la memoria lo traicionó en el recuerdo- fue el 19 de abril de 2003. A los 37 minutos del segundo tiempo, entró por Alexander Medina, en la victoria 2-1 sobre Plaza Colonia, a tan sólo 70 kilómetros de Buenos Aires. Sin embargo, le costó afianzarse. La ausencia de masa muscular (“era muy flaquito”,cuenta e inmediatamente muestra una foto con la camiseta número 20, esa que tanto usó) lo obligó a fortalecerse mientras reunía sus primeras armas. Como si fuera poco, tomó vitaminas para desarrollarse físicamente. A fines de 2006, hubo un momento bisagra que podría haberle puesto un punto final muy prematuro a su carrera. Una rotura de ligamentos cruzados en la rodilla derecha lo marginó durante un año y medio. “Casi no juego más al fútbol”, recuerda. Pero con todo el esfuerzo realizado para cumplir su sueño de ser jugador profesional, dio batalla hasta recuperarse y retornar al verde césped, ese lugar de privilegio. “Anotaba los partidos que jugaba en un cuaderno. Nunca se me dio por comprar los diarios. Nunca me interesó mucho. Para mí, es secundario. Sí miro varios programas de fútbol. Mi señora sí compra todo”,repasa. A raíz de la lesión mencionada y su participación intermitente, reunió menos de 100 partidos oficiales en Liverpool, con tan sólo dos tantos: a Rocha, el 30 de septiembre de 2006, y Cerro, el 8 de noviembre de 2009.

La transformación. De ninguna manera quiere ser lateral derecho en la actualidad. Se siente demasiado bien como mediocampista. Sin embargo, no siempre fue así para Sánchez. “Yo siempre fui 4 desde el Baby fútbol. Me gustaba marcar y correr. En Primera me empezaron a probar de volante, donde me sentí más cómodo”,revela. Julio Ribas, uno de sus DT en Liverpool, decidió darle mayor protagonismo. “Me decía que yo lo sorprendía mucho con mi velocidad y que de 8 podía sorprender. Me pedía que encarara. Fue difícil porque yo era un 4 rasca, rasca”, admite, con una sonrisa pícara, sabiendo que hoy por hoy actuar en el fondo no es una opción que le guste ni en la que pueda rendir.

“Yo en los clásicos hinchaba por River, me ponía la camiseta, una que decía Sanyo”.

Del Río de La Plata a la Cordillera. Luego de seis años y medio en el plantel profesional de Liverpool, Sánchez cruzó el charco para firmar su contrato en Godoy Cruz. El interés surgió tras amistoso entre ambos clubes, gracias al buen nivel del volante. Después de poner la rúbrica en Buenos Aires, el uruguayo voló hacia Mendoza. Del Río de La Plata a la Cordillera de Los Andes. Del humilde estadio Belvedere al imponente Malvinas Argentinas. De Uruguay al país en el que anhelaba jugar, especialmente, por la concurrencia masiva. ¿Qué referencias tenía de su nuevo equipo?: “Lo conocía por Paso a Paso. Me mataba viendo fútbol argentino, que era mi favorito por lo apasionado”. Con seis goles, uno de ellos en La Bombonera, en 55 partidos oficiales, Sánchez tuvo un paso exitoso por Godoy Cruz, donde incluso luchó por el título. Debutó el 4 de febrero de 2010, cuando reemplazó a César Carranza en el Nuevo Gasómetro, a los 15 minutos del segundo tiempo. “Ese año y medio fue una linda experiencia”, recuerda. Entre sus papeles más destacados para el Bodeguero, hubo una noche en el Monumental. Allí, enloqueció a Matías Almeyda, que sufrió la fisura de una costilla en su afán por detener al mediocampista todoterreno. Unos meses después, ya en su rol de DT, el Pelado lo pidió inmediatamente para reforzar a River en la B Nacional.

La ducha puede esperar. Un llamado aceleró la jornada de Sánchez. De pretemporada en Uruguay con Godoy Cruz, tuvo que apresurarse para ir a Buenos Aires. Es que en la principal ciudad del país estaba todo preparado para que firmara su vínculo con el Millonario. Entonces, luego del tercer turno, viendo que el reloj empezaba a presionar tanto como un volante rival, Pato suprimió pasos. “Cuando me dijeron que tenía que viajar, fui al vestuario y ni me bañé porque no llegaba al vuelo”,narra, entre risas. Ocurrió en julio de 2011. Poco le interesó la categoría. “Todo el mundo decía ‘para qué vas a jugar en la B, si Godoy Cruz va a jugar la Copa’. Pero la posibilidad de ir a un cuadro grande quizás no se iba a volver a dar”, explica. El sábado 23 de julio, en Mar del Plata, realizó su primer entrenamiento. Trotó alrededor de la cancha en el estadio José María Minella mientras el equipo disputaba un amistoso frente al Unión, local. De aquella pretemporada, cuyo búnker fue Chapadmalal, Sánchez tiene grabado el respaldo de los fanáticos: “La gente salía de abajo de la tierra”. Veinticuatro días después de esa práctica fue el estreno ante Chacarita. “No me voy a olvidar más. Fue terrible entrar y ver cómo estaba el estadio. Ese día me parecía a Cristiano Ronaldo porque me miraba al espejo antes de salir a la cancha. Me fui a ver cómo estaba vestido porque no lo podía creer. Fue una emoción terrible. Se me vinieron a la cabeza todas las cosas por las que pasé. Tengo guardada la camiseta. Hasta el día de hoy disfruto de salir a la cancha y ver dónde estoy”, cuenta, largo y tendido. Pese a las circunstancias deportivas, ese semestre fue grato para el uruguayo, quien la rompió. Es que la motivación era gigante, basada en sus antecedentes como adolescente. “Yo en los clásicos hinchaba por River, me ponía la camiseta, una que decía Sanyo. Me fui a probar a Liverpool con la camiseta de River. No sé dónde la saqué. La verdad que no recuerdo si era de uno de mis hermanos o me la regalaron. River tenía un equipazo terrible. Estaban Enzo, Crespo, el Burrito, Salas… Yo en el campito festejaba los goles como Salas”, asegura, totalmente limpio, luego de ducharse por enésima vez en el vestuario Ángel Labruna, donde encontró la mayor alegría deportiva de su carrera.

*Crónica publicada en Marzo de 2015, en el #41 de Revista 1986. Recibila en tu casa. Entrá acá.

Ver más

Entradas relacionadas

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *