abajoNota de tapa

El último rebelde

Su manera de atajar revolucionó el fútbol sudamericano. Hoy es presidente honorario de River y una de las glorias más vigentes de la historia del fútbol. Sus comienzos, sus logros y su opinión sobre el club de sus amores.

Aquellos que merodean las cinco décadas tuvieron el privilegio de verlo en acción. Capaz de capturar un centro con apenas cinco dedos o amagarle a los adversarios, sin temor al error ni al ridículo, Amadeo Carrizo marcó una época. Y si bien es cierto que le quedó la espina de obtener la Copa Libertadores de América en 1966 (Peñarol ganó 4-2 en el desempate), fue el arquero de River durante 23 años, 21 de ellos como titular indiscutido. Una eternidad en términos futbolísticos. De ninguna manera fue producto de una casualidad ni mucho menos. Tenía una categoría impresionante, aunque generó un serio debate por la forma en que atajaba. Gracias a su inteligencia y picardía, revolucionó un puesto que siempre causó rechazo en los picados del barrio.

Más allá de que en su Rufino natal era centrodelantero, Amadeo se ganó un lugar en la historia del Millonario por haber defendido “el arco más grande del mundo”, tal como él mismo lo bautizó alguna vez. En total, tuvo esa responsabilidad en 545 ocasiones oficiales (521 locales y 24 internacionales). Dio siete vueltas olímpicas, atajó 18 penales y alcanzó una racha de 769 minutos invicto. Semejante currículum lo transformó en un auténtico ícono riverplatense, aunque sus imágenes sean en blanco y negro. Elegido por la FIFA como el mejor sudamericano en su puesto durante el Siglo XX, siente que a veces los ídolos quedan postergados: “Cuando yo voy a la cancha y le firmo un autógrafo a un chico que no me pudo ver, me pongo orgulloso. Es una satisfacción. Hay directivos que se creen dueños del club y no hicieron nada. El único presidente que hizo historia en River fue Antonio Liberti. En los últimos años me han alejado un poco del club, me hicieron  un vacío algunos directivos”, explica mientras disfruta de un café en una esquina de Villa Devoto. Sin embargo, a los 86 años, Carrizo es respetado por los hinchas de distintas generaciones como consecuencia de todo lo que le dio al club.

 

El arquero de Rufino

Bernabé Ferreyra había arribado a Núñez una década antes que Carrizo. La cifra del pase fue tan elevada que causó que a River se lo denominara el Millonario. De todas formas, el goleador no fue la única cara representativa del pueblo santafesino. En Rufino, Amadeo vestía los colores del clásico rival del equipo en el que actuó durante sus inicios el famoso Mortero. “Mi club era Buenos Aires al Pacífico. Pertenecía al ferrocarril. Nuestro vestuario era un vagón, medio viejito”, recuerda con nostalgia. Pero en 1943 las cualidades de Carrizo hicieron que su familia lo ayudara a consolidarse para que recorriera los 426 kilómetros hasta Capital Federal. “Un día mi viejo preparó las valijas para que yo triunfara en Buenos Aires, aunque en primera instancia me querían enviar a Rosario Central. Comencé en el 43, jugando en la Cuarta División de River. En el 44, salimos campeones de Tercera (NdeR: tuvo como compañeros a Alfredo Di Stéfano y Néstor Rossi, entre otros), categoría preliminar a Primera. Entonces, en el segundo tiempo el estadio estaba lleno y una atajada mía la veían 40.000 o 50.000 personas”, explica mientras se humedecen sus ojos de la emoción. Entonces, armó un bolso lleno de esperanzas y viajó en tren hacia la ciudad porteña, entre lágrimas por un viaje en el que los vagones destartalados no le garantizaban la llegada a destino.

El revolucionario

Por las características y la demanda popular desde las tribunas, la esencia de River siempre fue mirar hacia el arco de enfrente. Consciente de eso, Amadeo no quiso ser menos a la hora de participar. En vez de limitarse a conservar su lugar de 7,32 m de largo por 2,44 m de alto eligió el área para hacer una revolución. Sabía manejar los pies, descolgaba centros con facilidad, gambeteaba a los rivales y en muchas oportunidades iniciaba los contragolpes con Ermindo Onega como cómplice para que el conjunto de Núñez vulnerara la valla adversaria. Hasta actuaba como una especie de líbero para anticipar a los delanteros. Solamente recuerdo que un delantero logró preocuparlo: “El enano Sanfilippo era un fenómeno, me tuvo loco. Me hizo diez goles. Fue el que más me hizo, por más que ganara River. Era escurridizo, gambeteaba muy bien. En esta época sería un gran triunfador”. Integrante de la Selección Argentina en el fracaso de Suecia 1958, un año antes se midió con un brasileño conocido como Pelé, aún sin la fama que se ganaría apenas unos meses después. “Su primer gol en un seleccionado, por la Copa Roca, me lo hizo a mí. Nosotros ganamos 2-1, en el Maracaná.  Él estaba de suplente y entró”, cuenta Amadeo con tono poético. Además, tuvo el privilegio de conocer en persona a otra leyenda del arco: Lev Yashin, la Araña Negra. “Salimos en la tapa de El Gráfico, ambos arrodillados. Y nos enfrentamos en un partido que terminó 2-2, en Lima”, asegura, con la memoria intacta.

 

Luz, cámara, acción

A diferencia de la actualidad, en la época de Amadeo no había una movida tan mediática. La televisión era un auténtico lujo, así que la radio era protagonista de las transmisiones y los entretenimientos. Sin embargo, el cine argentino daba sus primeros pasos con películas como Cinco grandes y una chica, en 1950, dirigida por Augusto César Vatteone. “Fue una cosita así nomás, casual, en la cancha de River. Hice algunas tomas de penales”, cuenta Carrizo, actor circunstancial de una producción en la que también participó Angelito Labruna. Con 1,90 m de estatura, el arquero fue un auténtico galán de la época y generó cierta atracción del público femenino en las plateas del Monumental. A cambio de semejante afecto, retribuyó con besos y, una vez retirado, escribió dos libros sobre su carrera profesional: “Amadeo Carrizo” y “Amadeo, el arte de atajar”, un manual hecho con la colaboración de Alfredo Di Salvo.

 

De sangre roja… y blanca

Más allá de que cuando era pequeño simpatizaba por Independiente, Amadeo se considera un hincha más del manto sagrado. Tanto por el rendimiento que tuvo a lo largo de 23 años como por herencia: “Mi padre era fana de River, como el mayor porcentaje de la gente en Rufino”. Así, se transformó en un fiel exponente de la historia de nuestro club. Debutó justamente contra el Rojo, en Avellaneda, de manera exitosa. Es que el Millonario se impuso 2-1, el 6 de mayo de 1945. Sin embargo, tres años después comenzó a tener protagonismo. Luego de dos títulos obtenidos como suplente, Carrizo llegó a la titularidad de la mano de José María Minella. De ahí en más, fue dueño del arco hasta 1968. Tan sólo Mostaza Merlo defendió más veces que él a la camiseta de River. A pesar de que Amadeo no era el responsable de hacer los goles para La Máquina ni de elaborar el circuito ofensivo más destacado del profesionalismo en el fútbol argentino, se consideraba una pieza determinante: “El arquero es la base importante dentro de un equipo. Les da tranquilidad a sus compañeros. No hay arqueros invulnerables, ya sea por virtud de un adversario, error de un compañero o un error propio. Cuando al arquero le hacen un gol, siente un dolor en el cuerpo. Muchas veces me tocaba ir a buscarla al fondo de la red, pero yo trataba de no ir”.

Incluso, en el libro Anécdotas del Superclásico, dejó una frase bastante cómica sobre lo insoportable que le resultaba que el balón culminara en la red: “Los goles son como los pedos, a veces no los soporta ni uno mismo”. Hubo diversas maniobras que demostraron lo alejado que se encontraba de cualquier guardavalla: por ejemplo, en un duelo contra Racing, se ubicó delante de la barrera para taparle un tiro libre indirecto dentro del área a Orestes Omar Corbatta. Pero hay más, el 31 de octubre de 1954, River ganó 3-0 en el Superclásico y José Pepino Borrello -referente de Boca en ese momento sufrió un papelón. Amadeo lo anticipó, el jugador xeneize quedó atrás y fue engañado con un amague por el arquero millonario. En total, fue gambeteado tres veces en esa jornada. Al día siguiente, amaneció con el frente de su casa pintado con  insultos para la ocasión y al poco tiempo su automóvil sufrió un atentado.  Además, los hinchas de Boca lo encandilaron  con un espejo enorme en otro duelo Superclásico e hicieron que los proyectiles fueran una moneda corriente en donde él se ubicaba en la cancha. Desde ese entonces, Carrizo y el rival de toda la vida atravesaron episodios bastante calientes, sobre todo en La Bombonera, donde River se consagró campeón en 1955.

 

Ídolo eterno

Con 42 años y varias tardes consagratorias sobre el lomo, Amadeo tuvo que irse de Núñez como consecuencia de una decisión aconsejada por Labruna, flamante entrenador del equipo. Millonarios, de Bogotá, fue el destino que lo albergó durante dos años. “River me había dejado libre en diciembre de 1968. En Colombia se enteraron, yo pensaba que me quedaba un resto. En esos dos años tuve una actuación sobresaliente”, afirma el ídolo, cuyos ojos no resistieron en el momento que el presidente Julián Kent le comunicó la decisión de no renovarle el vínculo. Su último Superclásico fue con un rendimiento notable (en una secuencia memorable, dejó en ridículo a Norberto Madurga, haciéndole creer que estaba en posición adelantada), aunque eso terminó quedando en un segundo plano porque ocurrió el 23 de junio de 1968, cuando se produjo la famosa tragedia de la puerta 12, ocasionando el fallecimiento de 73 espectadores.

 

Vigente, pese a las 40 décadas encima, Carrizo llegó a estar 769 minutos sin que la red fuera vulnerada hasta que Carlos Bianchi rompió esa marca el 14 de julio. El delantero de Vélez lo admiraba, pero cumplió con su obligación profesional. Inmediatamente, Amadeo lloró mientras sus compañeros se acercaban uno a uno para abrazarlo y los hinchas lo ovacionaban coreando su nombre. Es que era tan grande en su puesto que durante los últimos 12 meses en “el arco más grande del mundo” dejó en claro que podía seguir atajando en el máximo nivel. Incluso, cuando se llevó a cabo la fiesta por ser el Campeón del Siglo, en diciembre de 1999, se dio el gusto de ponerse el buzo para la emoción de todos. Tan grande fue su obra futbolística que el brasileño Paulo Valentim, figura de Boca y autor de ocho goles ante la inmensidad de Amadeo, confesó que en su casa tenía un afiche del él. Por todo eso su nombre quedará grabado eternamente en las páginas doradas de River.

*Podes recibir la #16 de Revista 1986 en tu casa. Hace click acá y colecciónala.

Ver más

Entradas relacionadas

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *