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Goles en La Boca (III): La vaselina de Rojas

En la previa del Superclásico, la 1986 se reunió con jugadores que quedaron en la historia por sus goles en La Boca. En 2002 fue la noche de Ricardo Rojas.

Por Ricardo Rojas

Mientras escribo estas líneas no puedo dejar de pensar en aquel partido histórico. No soy bueno para las fechas pero ese día no me lo olvido más. Era un 10 de marzo de 2002. Cuando nos despertamos en la concentración advertimos que era un día lluvioso. Viajamos a La Boca y durante todo el viaje lloviznaba. Imposible olvidarme de cada detalle. Recuerdo que había mucha expectativa en el mundo River porque Ramón Díaz había vuelto a dirigir al equipo y eso era una presión extra. Es cierto que los Superclásicos son partidos especiales. Pero les confío que nunca le di mucha importancia a los rivales. Siempre me gustó jugar al fútbol, literalmente. No iba conmigo el tema de analizar a “los otros”, de ver a los rivales, de fijarme en la tabla quién estaba debajo de River o a cuántos puntos estábamos de la punta. No son frases hechas. Sinceramente, era una manera de ver este hermoso deporte y creo que esa concentración en dedicarle todo al fútbol me ayudó mucho en mi carrera.

Un día, después de una práctica de River, hice una nota con un periodista que no paraba de hablarme del rival del domingo y la verdad es que yo no tenía ni idea a quién enfrentábamos. Me solían pasar esas cosas. Llegué a la cancha de Boca sin importarme mucho a dónde íbamos a jugar. Pasaron once años pero muy a menudo recuerdo bien aquella jugada que terminó en mi gol. Recupera la pelota Cavenaghi. Estaba parado a mi lado y rápidamente, tomo yo la pelota. Empiezo a correr y busco tirarme bien a la izquierda. Levanté la cabeza y lo vi a D’Alessandro. Fue un contraataque rápido y bien aprovechado porque Boca dejaba muchos espacios atrás. Nosotros ganábamos 2-0 y ellos estaban desesperados por descontar. Andrés juega de primera con el Burrito Ortega. Yo empiezo a correr como loco en diagonal. Ariel me da el pase con una calidad tremenda como diciéndome: “más no puedo hacer por vos”. Cuando levanto la cabeza me encuentro solo frente al arquero y se me viene el mundo encima. Me pasan mil imágenes por la cabeza. Segundos que parecieron una eternidad y me sale pegarle por arriba y nada más… Se me salían los ojos cuando miraba la pelota entrar lentamente y chocar con la red. Fue la locura total. Sentí una enorme alegría interior pero estaba tan cansado que no me daba el cuerpo para seguir festejando. Entonces me arrodillé, levanté los brazos y ya sentí a mis compañeros encima. Increíble.

“Se me salían los ojos cuando miraba la pelota entrar lentamente y chocar con la red. Fue la locura total”.

Imagínense lo importante que fue para mí ese gol. Hice dos goles en toda mi vida. Sí, leyeron bien, solo metí dos goles. El otro fue jugando para Cerro Corá en Paraguay contra Sport Colombia. Pero el de La Boca fue el más lindo e inolvidable. La camiseta de ese día la tengo guardada como un tesoro invaluable. Es la única de toda mi carrera que pude guardarme. Fueron 15 años de jugar al fútbol y solo rescaté ésta porque fue muy especial para mí. Las demás se las regalé a mis amigos y familiares. La única persona que sabe dónde guardo esa camiseta soy yo. No quiero que nadie se avive del lugar donde la tengo por una cuestión de seguridad. No quiero ser protagonista de un golpe comando. Aquella tarde usé el número 17 en la espalda.

Actualmente, vivo en Puerto Rico que es un pueblo misionero de 30 mil habitantes. Un lugar verde muy hermoso, dotado por la naturaleza y muy visitado por turistas extranjeros. Acá viene mucha gente de Brasil, de Alemania y de Japón. Estamos a 150 kilómetros de las Cataratas del Iguazú y a 140 kilómetros de Posadas. Mi hobby es ser guía de turismo y vivo de un micro emprendimiento familiar. Está bueno compartir lo que uno conoce con la gente. Eso me hace feliz. Cuando se acerca el famoso 10 de marzo, la televisión empieza a mostrar mi gol. Y ahí llueven los recuerdos. Acá en mi pueblo hay una mezcla hermosa de nacionalidades. Viven muchos paraguayos y japoneses y muchos son de Boca, entonces cuando ven la famosa “vaselina” me empiezan a putear un poco en guaraní y otro poco en japonés. Yo me río porque me hago el que no entiendo lo que me dicen y cuando puedo, le marco con la mano la banda que llevo en el pecho.

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